Jorge Castro, quien descubrió su vocación naval en la peatonal de San Juan sin haber visto el mar, acumula más de 200.000 millas náuticas en el buque escuela y se prepara para su última travesía antes del retiro.
Jorge Alejandro Castro tenía 15 años cuando descubrió su vocación. Caminaba por la peatonal de la ciudad de San Juan cuando se topó con un cartel que mostraba la imagen de la fragata Libertad junto a la frase «Ingrese a la Armada». Era comienzos de 1990. Así, este adolescente sanjuanino que no conocía el mar decidió inscribirse en la Marina Argentina. «Mi intención siempre fue venir a la Fragata Libertad. Mi ingreso a la Armada fue por ella. La vi y fue amor a primera vista», relata Castro.
Su deseo de integrar la tripulación de la nave insignia pronto se haría realidad en múltiples ocasiones. Hoy, el suboficial mayor de mar Jorge Alejandro Castro, de 51 años, se prepara para embarcarse en su noveno viaje en la fragata Libertad, esta vez como contramaestre general y suboficial de unidad. «Llevo recorridas en la fragata Libertad unas 200.000 millas. Es como si hubiese dado nueve veces la vuelta al mundo. Y estuve, además, más de 2200 días a bordo», afirma el marino. Este será su último recorrido antes de retirarse, un cierre que describe como «con sentimientos encontrados».
La fragata ARA «Libertad» se encuentra amarrada en la dársena norte del Apostadero Naval Buenos Aires, a la espera de iniciar su viaje de instrucción número 54 el próximo 11 de abril, con rumbo inicial a Fortaleza, Brasil. En ella viajarán unos 280 tripulantes, incluidos 45 guardiamarinas en comisión. «Estos guardiamarinas, provenientes de distintas provincias, estudiaron cuatro años en la Escuela Naval. Este es su quinto año, donde terminan de formarse como oficiales de marina», explica el capitán de navío Jorge Gabriel Cáceres, quien estará al mando del buque.
Además de ser una escuela flotante, la embarcación actúa como embajadora de la Argentina en el mundo. En este periplo, participará en la celebración oficial del 250 aniversario de los Estados Unidos el 4 de julio, navegando por el río Hudson en Nueva York junto a otros 22 veleros internacionales.
Con 104 metros de eslora, la nave es un centro de actividad constante en los preparativos. «Es una ciudad chiquita —resume el capitán Cáceres—, tenemos cirugía, odontología, lavandería, panadería. La clave es la planificación y la organización». Entre la tripulación, no hay nervios, pero sí ansiedad por zarpar.
En el puente de mando, Castro recuerda sus inicios. «Mi vocación fue enamorarme de la Fragata. Vengo de San Juan, nunca había salido de mi provincia. No conocía el mar, no conocía lo que era un barco», concluye el suboficial, cuya trayectoria se cierra con un nuevo viaje en el símbolo naval que lo inspiró.
