Ante la persistencia de casos graves en menores de un año, expertos en infectología pediátrica evalúan complementar la vacunación materna con anticuerpos monoclonales para ampliar la protección contra el Virus Sincicial Respiratorio.
El Virus Sincicial Respiratorio (VSR) continúa siendo una de las principales causas de bronquiolitis y hospitalización en menores de un año en Argentina. Se trata de un virus de circulación estacional, que en el hemisferio sur se concentra entre el otoño y el invierno, y es responsable de entre el 60% y el 80% de los cuadros de bronquiolitis. Si bien afecta principalmente a los menores de 6 meses, su impacto se extiende a lo largo de todo el primer año de vida, con miles de internaciones anuales. También representa un riesgo relevante para los adultos mayores.
En este contexto, la incorporación de la vacunación en embarazadas, que se aplica entre las semanas 32 y 36 de gestación, es considerada un avance relevante en la prevención. Como complemento a esta estrategia central, especialistas mencionan a los anticuerpos monoclonales. Se trata de inmunizaciones que, en lugar de estimular al organismo para que produzca sus propias defensas, aportan anticuerpos ya desarrollados contra el virus, brindando una protección inmediata.
Según explicó el pediatra y neonatólogo Néstor Vain, uno de los desafíos centrales del VSR es la dificultad para anticipar qué bebés desarrollarán cuadros graves. «El 79% de los casos corresponde a niños sanos, nacidos a término y sin factores de riesgo identificables», indicó.
Por su parte, el Dr. Eduardo López, jefe del Departamento de Medicina del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, señaló que la vacunación durante el embarazo constituye «un avance muy importante», pero presenta ciertos límites. Por un lado, depende de la cobertura alcanzada. En Argentina, entre el 65% y el 68% de las embarazadas accede a la vacuna, por lo que una parte considerable de los bebés queda sin esa protección inicial. Por otro lado, la transferencia de anticuerpos al feto no es inmediata. «Necesita, por lo menos, dos semanas para pasarle bien los anticuerpos al feto», precisó López. Además, la protección transferida por la madre no dura indefinidamente, decayendo significativamente después del sexto mes.
Esta limitación adquiere especial relevancia en los niños que nacen entre julio y octubre, ya que pueden llegar a la siguiente temporada con menor protección, incluso cuando el VSR sigue provocando cuadros de consideración entre los 6 meses y el año de vida.
A partir de este diagnóstico, el Dr. López sostuvo que los anticuerpos monoclonales son una herramienta que permite cerrar esas brechas de protección. Destacó que se trata de «anticuerpos ya preparados» que pueden aplicarse desde el nacimiento y también durante los primeros meses de vida. Esta flexibilidad les otorga un papel central en los grupos que, por diversos motivos, no adquieren o pierden la protección materna.
El especialista también mencionó un segundo grupo de pacientes para los que esta inmunización pasiva cobra importancia: los niños con factores de riesgo de enfermedad grave por VSR, como inmunodeficiencias, cardiopatías congénitas, enfermedad pulmonar crónica, síndrome de Down o cuadros neurológicos. En estos casos, el anticuerpo monoclonal también puede indicarse a partir de los 8 meses y hasta los 19, una franja etaria que queda fuera del alcance de la vacunación materna.
López añadió que la experiencia internacional refuerza esta estrategia. En países que implementaron anticuerpos monoclonales, las coberturas fueron muy altas –entre el 85% y el 93%– y la caída de casos resultó «muy abrupta». Por ello, tanto la Sociedad Argentina de Infectología Pediátrica como otras entidades científicas avalan una estrategia combinada: vacunar a la embarazada como base de la prevención y utilizar anticuerpos monoclonales en los niños que no quedaron bien cubiertos por esa vía.
Finalmente, el infectólogo hizo referencia a los datos de hospitalización en Argentina, que se mantuvieron relativamente estables en menores de un año: alrededor de 5000 en 2023, unos 4000 en 2024 y cerca de 5500 en 2025. Para el especialista, esta persistencia demuestra que la enfermedad no desaparece después de los primeros meses y subraya la necesidad de estrategias integrales de prevención.
