Detrás de nombres como vigilante, bola de fraile y cañoncito se esconde una historia de resistencia anarquista y sátira contra el poder, que nació en las panaderías de fines del siglo XIX.
Entre los distintos recuerdos y homenajes que se le hicieron en las redes sociales al recientemente fallecido Luis Brandoni, aparece una pequeña escena de la miniserie Nada. En ella, el personaje interpretado por el gran actor nacional le da a probar a su amigo estadounidense, nada menos que Robert De Niro, dos productos típicos de la Argentina: facturas y mate. Así, en la escena que juegan esos dos grandes talentos del cine aparecen en primer plano, entre otras delicias, un cañoncito, un vigilante y una bola de fraile. El actor de Taxi Driver repite cada uno de estos nombres con un español dificultoso. Luego se lleva a la boca el cañoncito, frunce la cara y sentencia en italiano: “troppo dolce (demasiado dulce)”.
Lo que quizás no sabe el intérprete norteamericano es que una parte de la historia argentina se oculta tras el nombre de las facturas que está degustando. Denominaciones que tienen un origen atado a los inmigrantes, las ideologías anarquistas y la burla hacia los poderes establecidos.
Todo comenzó a fines del siglo XIX. En aquel tiempo, Buenos Aires recibía en su puerto a miles de hombres y mujeres que llegaban de Europa con el objetivo de obtener en estas tierras un pasar más próspero que el que dejaban atrás. Entre los nuevos pobladores que bajaban de los barcos llegaron activistas anarquistas. Perseguidos en sus tierras, la mayoría de ellos siguió predicando sus ideas en su nuevo destino, donde se involucraron de lleno en la lucha por mejorar las condiciones laborales de los obreros.
En las distintas fábricas o comercios, los trabajadores vivían jornadas extenuantes, los salarios eran bajos y no contaban ni de lejos con los derechos que se conseguirían más adelante. El asunto es que muchos de esos anarquistas comenzaron a trabajar como panaderos. Dos de ellos, provenientes de Italia, serían los abanderados de la lucha por mejorar las precarias condiciones en que se ejercía este oficio. Se trataba de Ettore Mattei y Errico Malatesta. Ellos, que llegaron al país en 1880 y 1885 respectivamente, unieron sus fuerzas para crear la Sociedad Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos, el primer sindicato de panaderos de la historia de nuestro país. Esto ocurrió el 4 de agosto de 1887.
Meses más tarde, a comienzos de 1888, la nueva agrupación inició una huelga que duró varios días en reclamo de mejores condiciones de trabajo. Está claro que siempre existieron conflictos entre los anarquistas, que no creen en el Estado, y las autoridades. Pero esta vez, ese viejo enfrentamiento daría un resultado inesperado y delicioso. Alguna bibliografía dice que esto ocurrió durante la mencionada huelga. Otros esgrimen que fue tiempo después. Lo cierto es que aquellos anarco panaderos decidieron crear facturas con el fin de burlarse de los símbolos de poder.
Fue así como nació el vigilante. Según la definición del Diccionario del habla de los argentinos, se trata de una “factura de forma ahusada que suele recubrirse de azúcar o de dulce”. Pues bien, la forma alargada de este clásico de las panaderías argentinas, que suele llevar encima crema pastelera y membrillo, remite al bastón policial que, con frecuencia, los reprimía. Diego Zigiotto, periodista y escritor especializado en temas porteños, va más allá y dice que la morfología de esta factura en realidad recuerda “un excremento”. Aquí ya se pasaría de la burla directamente a la provocación.
Otra institución que recibió la ofensiva sarcástica de los panaderos fue la Iglesia Católica. “Ni Dios ni amo” es una consigna típica de los anarquistas que explicita su alejamiento total de los dogmas religiosos. Así surgieron los nombres de facturas que buscan reírse del clero. En principio, pueden mencionarse los sacramentos, pero la mayor de las irreverencias se da en el nombre de esa factura esférica, rellena de dulce de leche o pastelera, rebozada de azúcar, a la que bautizaron como bola de fraile.
Para finalizar el desfile de facturas insolentes falta mencionar otras con las que los panaderos apuntaron al ejército. Aquí aparecen las bombas y los cañoncitos. Las primeras, esféricas; y las otras, con forma de tubo. Ambas rellenas de dulce de leche o crema pastelera y espolvoreadas con azúcar impalpable. Y las dos, pese a sus nombres, completamente inofensivas. Excepto para los que están a dieta.
Fuera del universo de lo dulce pero sin abandonar la panadería, se atribuye un origen anarquista a esas masitas conocidas como libritos, que aluden a la importancia que tenía la lectura para aquellos rebeldes. Y también se considera que las cremonas, esas roscas de masa a las que se les pueden ir arrancando pedazos, están compuestas de una serie de letras A, representante del anarquismo, unidas. Aunque también se señala que el nombre se le puso en homenaje a la ciudad italiana de Cremona.
Para concluir, en el año 1957, el Congreso de la Nación oficializó el 4 de agosto como el día del panadero. La fecha en que, en 1887, Mattei y Malatesta crearon su Sociedad Cosmopolita de Resistencia.
