El gigante asiático recupera su liderazgo en ciencia e innovación, impulsado por inversiones masivas y un sistema educativo de excelencia.
Hace tiempo que China dejó de ser solo la gran fábrica del mundo. Hoy, el país del dragón se posiciona como un laboratorio global de anticipación del mañana, con avances en robótica, inteligencia artificial y tecnología de punta. Su transformación, sin embargo, no es un fenómeno reciente, sino el resultado de un largo proceso histórico que incluyó siglos de liderazgo, un período de retracción y un resurgimiento impulsado por reformas estratégicas.
Históricamente, China fue pionera en inventos como la pólvora, la imprenta y la brújula. Pero entre los siglos XVI y XVIII, durante las dinastías Ming y Qing, perdió su ventaja tecno-científica. Según el historiador económico Joel Mokyr, mientras Europa fragmentada fomentaba una «ilustración industrial», China priorizó la estabilidad interna y la agricultura. El concepto de «Gran Divergencia», propuesto por Kenneth Pomeranz en La gran divergencia. China, Europa y el nacimiento de la economía mundial moderna (2017), explica cómo Europa eclipsó al Imperio chino en el desarrollo científico. La famosa pregunta de Joseph Needham —»¿Por qué China, siendo líder tecnológica durante siglos, no originó la Revolución Científica?»— encuentra respuesta en un sistema social que priorizaba la estabilidad sobre la innovación.
Hoy, ese panorama ha cambiado drásticamente. A partir de 1978, con las «Cuatro Modernizaciones» impulsadas por Deng Xiaoping, China se abrió al libre comercio y priorizó la ciencia y la tecnología. Bajo el liderazgo de Xi Jinping, el país busca restaurar su gloria perdida tras el «siglo de la humillación» (1839-1949). La política actual se apoya en inversiones masivas, libertad para la investigación científica y una interacción fluida entre laboratorios y producción. Además, el sistema educativo chino genera más ingenieros y graduados en carreras científico-técnicas que Estados Unidos y Japón combinados.
El arquetipo de esta transformación es Shenzhen, el «Silicon Valley chino». En 1979 era un conjunto de aldeas de pescadores; hoy es una megaciudad de más de 17 millones de habitantes que alberga a empresas como Huawei y DJI, líder global en drones. Así como Detroit fue la capital automotriz y Silicon Valley la del software, Shenzhen se perfila como el centro mundial de la robótica y la inteligencia artificial. Las firmas chinas ya venden robots humanoides con IA integrada, mientras que en Occidente muchos modelos aún son prototipos. El objetivo es convertir al robot doméstico en un bien de consumo tan común como un smartphone.
