A sus 68 años, la bailarina, actriz y coreógrafa habla de su vínculo con sus hijos, los cambios en su estilo de vida y su visión sobre el amor y la seducción.
La mano abierta de Fátima cuelga en la puerta de entrada de la casa de Reina Reech (68). “Como soy muy esponja, cuido mucho mis espacios y mi ambiente”, explica al recibirnos en su refugio, de ambientes amplios y cálidos. Desde hace algún tiempo, uno de sus lugares preferidos es ese ventanal que le permite ver a Tata, su perra de 12 años, tomando sol al lado de la pileta. Allí, rodeada de objetos simbólicos de diversas culturas y estantes con libros heredados de su padre, se instaló con la computadora para escribir. En 2021 lanzó Reconexión espiritual, y actualmente trabaja en una novela que busca reivindicar a las mujeres sagradas, mientras hace malabares entre un viaje a Portugal, los festejos del 30° aniversario de sus escuelas de danza y el nacimiento de su último nieto.
–¿Cómo te pegó ser abuela?
–¡Amo! Ser abuela es una de las cosas que más disfruto. Me tocó compartir el primer parto de Juana porque ella había decidido tener a su bebé sola. Después vino Belisario (5). En febrero de este año, entré a la cesárea con la que tuvo a Timoteo, su último bebé. Cuando Juana viene con los chicos, no les pongo pantallas ni les doy el celular… eso sería como si no me visitaran. Soy una abuela a la que le gusta jugar, pintar y compartir actividades.
–¿Cómo está hoy tu relación con Juana?
–Puro invento. Con Juana y Bauti tenemos personalidades diferentes, y lo que nos une es el amor incondicional. Hace poco armaron un escandalete: dijeron que Juana se había enojado porque Nicolás [Repetto] había subido una foto de Timoteo antes de que ella lo presentara oficialmente. Nada que ver. Con Juana siempre tuvimos buena relación, que mejoró aún más desde que ella se convirtió en mamá.
–Un gesto que resume todo.
–Yo siempre fui muy idishe mame. Cuando nacieron mis hijos, dejé de hacer teatro por muchísimos años de noche y traté de crear trabajos que me permitieran estar con ellos. Con Juana armé Reina en colores y, cuando nació Bauti, hice Generación Pop. Sentí carencia de familia cuando era chica, y eso lo revisé en terapia y con biodecodificación. Lo cierto es que traté de no repetir mi historia.
–¿Te afecta la edad?
–Para nada. Ahora voy a hacer un viaje de cuarenta días por Portugal, donde viven mi hijo Bautista y su mujer Delfina. Además de recorrer Lisboa y el Algarve, visitaré la capilla del Señor de la Piedra y el santuario del Buen Jesús del Monte, entre otros sitios.
–¡Estás para volver a empezar!
–En este momento, estoy sólo para lo que tengo ganas. En la pandemia hice un gran cambio. No sólo escribí mi primer libro, sino que descubrí que me encanta quedarme en casa. Medito a diario y antes de dormir respiro. Cambié mi alimentación: dejé el azúcar y las harinas de manera estricta. Me reeduqué. Descarté recipientes de plástico y utensilios con teflón, compré vajilla enlozada y tablas de acero inoxidable. Me gusta desafiarme.
–Con tus parejas, ¿has sido así de exigente?
–Soy estricta y determinada con muchas cosas, pero no con las parejas. Mis parejas han sido bastante diferentes. Con mi primer marido fui muy Susanita; también con Nicolás. En cambio, con Pablo, el papá de Bauti, no me quedaba tiempo. Me encanta cocinar y lo hago muy bien. Con todas mis parejas, la cocina ha sido un arma de seducción.
–¿En serio?
–Sí… una de ellas. Cuando quiero conquistar, hago unas recetas riquísimas. El tema es que, después, me aburro.
–¿Y qué otra?
–Seducía de manera inconsciente. A veces, años atrás, me vestía de manera muy provocativa. “¿Eh, qué miras?”, decía yo. “¿Cómo que qué mirás? Si estás un fuego”, me respondían. La verdad, no me daba cuenta.
–¿Estás sola ahora?
–Sí, hace bastante. Si conociera a alguien que me tirara onda, estaría abierta a enamorarme. Creo en las relaciones y creo que, si en tu destino está encontrarte con alguien, lo vas a encontrar. El tema es que en este último tiempo no se me ha cruzado ninguna persona que me guste. En este momento, querría a alguien que estuviera en mi misma frecuencia. No quiero un trasnochado. Mientras tanto, estoy enfocándome en mí.
