Un análisis sobre las interpretaciones historiográficas en torno a la construcción nacional argentina, la europeización de las élites y la campaña militar de 1879.
La historia argentina es objeto de un debate académico y político sobre su interpretación. Diversas corrientes historiográficas discuten si el país fue concebido como un proyecto de las élites orientado a la europeización y el blanqueamiento racial, o si su construcción identitaria fue resultado de una disputa entre proyectos políticos distintos. Según una perspectiva de pensamiento nacional y latinoamericano, la europeización de ciertos sectores dirigentes existió, pero se inscribió en una lucha más amplia vinculada al modelo económico, la inserción internacional y la definición de la soberanía nacional.
Esta corriente sostiene que la Argentina quedó atrapada entre proyectos contradictorios sobre qué debía ser la Nación. La existencia de una élite que imaginaba al país desde Europa no demostraría que la Argentina fuera esencialmente un proyecto europeo, sino que hubo una lucha por imponer esa concepción como definición de la Nación. El problema no sería que la Argentina quiso ser una nación blanca, sino que una élite política vinculada a las oligarquías locales intentó imponer un modelo civilizatorio como identidad nacional exclusiva. La diversidad argentina no debe interpretarse únicamente como una operación de sustitución racial, sino también como una experiencia histórica de integración social y construcción estatal. Personajes como Julio Argentino Roca no pueden reducirse a categorías morales contemporáneas, sino que deben analizarse en el marco de conflictos por distintos proyectos de Nación.
Desde esta perspectiva, la etiqueta de genocidio aplicada a la Campaña del Desierto distorsionaría el registro histórico. Se afirma que las bajas fueron numéricamente comparables entre el ejército y las fuerzas indígenas. La campaña de Roca se enmarca como una apuesta por extender la soberanía argentina sobre un territorio que había permanecido fuera del alcance del Estado colonial y republicano. La evolución posterior complejiza la interpretación de aquel proceso como un proyecto de exterminio racial sistemático: una parte significativa de los pueblos pampas y ranqueles terminó incorporándose a las estructuras de la sociedad argentina. Algunos indígenas ingresaron al Ejército de Línea o a las fuerzas policiales; otros se convirtieron en puesteros y peones de estancias, mientras determinados caciques recibieron grados militares y remuneraciones oficiales. También hubo asimilación, mestizaje y transformación de identidades.
Sin embargo, la mayoría de los historiadores contemporáneos y organizaciones de derechos indígenas rechazan ese encuadre y describen la Conquista del Desierto como una campaña de despojo de tipo colonial que reúne los criterios definitorios de genocidio. La persistencia de esta disputa muestra cómo la lógica de civilización versus barbarie, que Domingo Faustino Sarmiento desplegó contra los gauchos, también estructuró la violencia contra los pueblos indígenas. Reducir esta distinción a un proyecto de blanqueamiento racial supondría deshistorizarlo: la categoría fue un arma política dentro de una disputa por la organización del Estado.
Este proyecto ideológico de las élites porteñas y oligarquías locales no operó en el vacío, sino que fue la cara cultural de una condición material: la de Argentina como semicolonia dentro de la órbita del Imperio británico. A partir de 1880, la participación de Inglaterra en las importaciones argentinas creció del 27,6 por ciento en 1880 al 40,6 por ciento en 1890, consolidando una relación de dependencia. El país exportaba materias primas mientras importaba manufacturas, capitales y un sistema de ideas. El positivismo, adoptado por la intelectualidad y la clase dirigente desde fines del siglo XIX, funcionó como justificación científica de una supuesta jerarquía racial. La fe en el progreso lineal y en la superioridad de las razas europeas fue definida por autores de la tradición nacional como una colonización pedagógica: la formación de una élite educada para pensarse a sí misma y al país desde la mirada de la metrópoli.
Los hitos de la formación nacional dificultan sostener que la Argentina haya sido cimentada exclusivamente sobre el blanqueamiento. La Asamblea del Año XIII abolió los tributos indígenas y extinguió instituciones coloniales como la mita, la encomienda y el yanaconazgo, al tiempo que establecía la libertad de vientres. Cuatro décadas después, la Constitución de 1853 consolidó la abolición de la esclavitud y la igualdad civil. A ello se suma el carácter multiétnico de los ejércitos de la Independencia, que incorporaron negros, indígenas, mestizos, gauchos y criollos. Estos procesos cuestionan la idea de una sociedad estructurada desde sus orígenes por barreras raciales infranqueables: la trayectoria nacional también puede leerse como un proceso de mestizaje, asimilación e integración en el que identidades diversas fueron incorporándose a una comunidad política común.
La persistencia contemporánea de la narrativa del blanqueamiento tampoco puede analizarse aislada de la disputa simbólica del ecosistema informacional global. Durante el Mundial de Fútbol de 2026, episodios protagonizados por la selección argentina fueron resignificados para consolidar un relato internacional donde el país aparecía como caso paradigmático de racismo e intolerancia. Desde la perspectiva de la guerra cognitiva, el objetivo no es necesariamente inventar hechos, sino seleccionar acontecimientos reales, amplificarlos y convertirlos en atributos permanentes de una identidad nacional. Bajo esa lógica, la tesis del blanqueamiento deja de ser únicamente una interpretación historiográfica sobre el siglo XIX y pasa a funcionar como un recurso narrativo capaz de reforzar un estereotipo contemporáneo sobre la Argentina ante audiencias globales.
Esta dinámica opera sobre el soft power del país. Su proyección internacional se apoyó en el deporte, la educación, la ciencia, la cultura y la inmigración. Reducir esa experiencia al concepto de blanqueamiento desplazaría un proceso complejo de construcción estatal e integración social y erosionaría un componente de su legitimidad internacional: la imagen de un país receptor de migrantes y relativamente exitoso en la integración de poblaciones distintas.
Desde este pensamiento nacional y latinoamericano, la disputa excede el debate historiográfico sobre Roca, Sarmiento o la Conquista del Desierto. Lo que está en juego es quién posee la autoridad para definir el significado histórico de la Nación Argentina. La actual relectura decolonial constituiría una nueva etapa de esa disputa por el sentido. No se trataría de negar los episodios de violencia, exclusión o jerarquización racial que atravesaron la construcción del Estado, sino de cuestionar una interpretación que convierte esos procesos en la explicación totalizante de la experiencia argentina.
Paradójicamente, una narrativa concebida para denunciar las herencias del colonialismo corre el riesgo de producir un nuevo esencialismo: reemplazar la vieja imagen de la “Argentina europea” por la de una “Argentina intrínsecamente racista”, reduciendo una historia atravesada por conflictos sociales, geopolíticos y nacionales a una única clave interpretativa. En el contexto de la competencia por las percepciones y la reputación internacional, esa simplificación podría ser instrumentalizada para consolidar una imagen-país negativa que trasciende el debate académico y se proyecta sobre la política exterior, el deporte y el prestigio internacional.
El problema de la interpretación del blanqueamiento no residiría en señalar la existencia de proyectos europeizantes en la Argentina del siglo XIX, algo históricamente innegable, sino en convertirlos en la explicación dominante de la construcción nacional. La europeización de las élites fue inseparable de disputas por el Estado, la inserción internacional y la soberanía. La Argentina no fue simplemente construida para dejar de ser latinoamericana: fue el resultado de proyectos enfrentados sobre qué significaba ser una Nación. El problema fue la subordinación intelectual y económica. Se propone analizar críticamente la europeización de las élites, pero situándola dentro de una cuestión más amplia: la europeización de la intelligentzia latinoamericana y la adopción de categorías extranjeras para interpretar realidades nacionales.
*Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional de Rosario. Maestrando en Relaciones Internacionales por la EPYG-UNSAM. Diplomado en Medios y Redes en tiempos de polarización EPYG-UNSAM y en Comunicación y Defensa UNDEF.
