Un análisis sobre el uso de herramientas digitales y canales de mensajería durante la campaña electoral brasileña de 2022, basado en el caso de André Janones y el PT.
Por primera vez en la historia de Brasil, un candidato que perdió la primera vuelta ganó el ballotage. Lula salió segundo detrás de Flávio Bolsonaro y tres semanas después ganó por más de cuatro millones de votos. En veintiún días sumó diez millones de votos. La economía era la misma y los candidatos también. Lo que cambió fue la manera de usar la tecnología.
La ultraderecha venía dominando las redes. Un solo video de un aliado de Flávio pasó los 56 millones de reproducciones. La campaña de Lula hablaba como habla el poder, con spots prolijos, discursos largos y muy poco para los pibes. Y el algoritmo, que premia el grito, hizo lo suyo.
Entre una vuelta y otra apareció André Janones, un diputado de Minas Gerais que ya había sido el fenómeno digital de 2022. Armó el «Exército do Lula», un canal de WhatsApp que llegó a once millones de seguidores.
El PT puso a funcionar su red de «portavoces», con misiones diarias, puntos y un ranking, como si la militancia fuera un videojuego. Usaron la misma lógica con la que las plataformas nos tienen pegados al celular para sacar a la gente del celular y ponerla a laburar. Los jóvenes llevaron a votar a los abuelos y la abstención tuvo la caída más grande entre dos vueltas desde el regreso de la democracia. Esa red no aparecía en las tendencias ni en las encuestas. Era una comunidad invisible, y fue la que ganó.
En el medio, la inteligencia artificial de Meta hacía afiches de Flávio y se negaba a hacer los de Lula. La empresa habló de una falla. El PT fue al Tribunal Superior Electoral y en cinco días Meta tuvo que tratar igual a los dos. Lula venía diciendo desde septiembre que Brasil necesita una inteligencia artificial propia, en portugués. Meta le dio la razón gratis.
El miércoles anterior al ballotage, en mi programa de radio, nos preguntábamos si la inteligencia artificial iba a inclinar la balanza. La inclinó, pero no como pensábamos.
Durante años nos quejamos de la militancia sin militantes, de la indignación que dura lo que un reel. Brasil mostró la otra cara de la misma herramienta: usada para organizar, la tecnología le devuelve el lugar a la política.
Nuestros dirigentes piensan 2027 como pauta, spots y algún influencer contratado a último momento. Ven en la inteligencia artificial una fábrica de deepfakes y no una herramienta para organizar a los suyos. Y muchos de los que asesoran a gobernadores e intendentes ven en Google y en las grandes plataformas una panacea: les alquilan los datos, la comunicación y hasta la gestión. Lo van a pagar en las próximas elecciones, cuando esas mismas plataformas jueguen para la ultraderecha.
Además, Brasil tenía algo que nosotros no tenemos: un candidato y un mensaje. Acá los sectores que enfrentan a la ultraderecha se pelean entre ellos todos los días y el algoritmo, lejos de ordenar esa pelea, la multiplica. Once millones de personas en un canal sirven si saben qué decir; sin conducción, la mejor herramienta del mundo solo amplifica el ruido.
Pero esperar al candidato para organizarse es la trampa. El ejército de WhatsApp lo armó un diputado, no el gobierno de Brasil. La red de portavoces la armó un partido. Para construir herramientas propias no hace falta ser gobierno, hace falta decidirlo. Partidos, sindicatos, universidades y las provincias y municipios que ya gobiernan estos sectores pueden empezar mañana a organizar a su gente sin pedirle permiso a ninguna plataforma.
Lo que entendió el PT es lo que tenemos que entender los sectores políticos que enfrentamos a la ultraderecha. 2027 no se gana en 2027. La inteligencia artificial no vota, pero decide qué vemos antes de votar. O llegamos organizados, o vamos a seguir mirando el celular a ver si el algoritmo se apiada de nosotros.
