Pablo Fridman dejó su carrera en la televisión para abrir Condarco, un restaurante en la esquina de Dorrego y Villarroel que conquista con su cocina de estación.
Una noche, tras cenar en Chacarita, Pablo Fridman descubrió un local casi destruido en la esquina de Av. Dorrego y Villarroel. A pesar del estado calamitoso, sintió una fuerte corazonada: era el lugar indicado para su restaurante. “Me encantó. Fue un flechazo. La esquina me pareció perfecta”, recordó Fridman a LA NACION.
Después de meses de obra, abrió las puertas de “Condarco”, un espacio que rápidamente ganó popularidad con sus tortillas de papa, sándwiches de milanesa, empanadas fritas y pesca fresca. Hoy, el lugar atrae a fanáticos de toda la ciudad y turistas de todo el mundo.
Fridman es un apasionado de la cocina desde pequeño. Aprendió de su abuela Josefina, con quien preparó su primera receta (un flan) y los secretos de las empanadas jugosas y los ñoquis del 29. Su abuelo Jorge también destacaba en la cocina, con lechones navideños y sorrentinos caseros. “En mi familia, la cocina era y es una manera de dar amor”, cuenta.
Su primer trabajo gastronómico fue una pasantía en un restaurante de Recoleta. “Mi primer día me hicieron limpiar heladeras detonadas. Después estudié gastronomía, aunque no me dediqué en seguida”, relata. Durante quince años trabajó como productor en Telefé, pero un día necesitó un cambio radical. “De esa experiencia me queda el oficio: aprendés a optimizar recursos, tiempos, logística y equipo. Se parece mucho a la gastronomía”, dice.
La cocina lo volvió a llamar. Empezó a preparar platos sencillos para amigos en su casa de la calle Condarco, en La Paternal. “Se fue corriendo la voz y de pronto tenía un restaurante a puertas cerradas”, recuerda. Tras dos temporadas de verano en Cabo Polonio y la pandemia, se animó a abrir su propio local en Chacarita, al que bautizó “Condarco” en honor a esa calle.
El local abrió en 2021, tras cinco meses de obra. “Estaba destruido; antes era un tugurio para taxistas donde vendían café quemado. Lo que más me atrajo fue su antigüedad y que sea en una esquina”, explica. Su socio, el artista plástico Eduardo Álvarez, se encargó de la ambientación, con referencias de bares europeos y nórdicos. El verde inglés es protagonista, con mesas Thonet, sillones y una barra central. El piso original de granito se mantiene como testigo de la historia del bar.
La propuesta es de cocina de estación, con carta que rota según productos frescos del mercado. “Siempre va a haber vegetales de temporada y cocina de mar. Me gusta combinar ingredientes de otras culturas”, asegura Fridman. Entre los clásicos imperdibles están la tortilla de papas (de color pálido y relleno cremoso, con papas confitadas y huevos orgánicos), la milanesa de lomo, la pesca curada, el hummus y las papas fritas.
