Superación personal, experiencias transformadoras y la búsqueda de adrenalina explican el auge de los desafíos deportivos extremos. Cuatro argentinos cuentan cómo vivieron sus propias hazañas.
Competir o realizar una travesía extrema al menos una vez en la vida es el anhelo de muchos. La adrenalina, las ganas de ir por más, de no conformarse y de superar límites personales son algunos de los motores que impulsan a quienes se animan a poner el cuerpo en juego. Pero, ¿qué los atrae realmente?
“Los desafíos extremos tienen un secreto que va más allá de la exigencia física: son experiencias profundamente significativas y transformadoras que se pueden entender no solo desde el deporte, sino desde la relación de una persona con su historia, contexto y el momento en el que se encuentra”, comenta Sabina Rodríguez, psicóloga deportiva y corredora de ultratrail.
Para la profesional, estos desafíos funcionan como “espacios donde el atleta puede redefinirse, salir de roles habituales y conectar con una versión más auténtica de sí mismo”. En un mundo cada vez más estructurado, lo extremo ofrece incertidumbre real, presencia y sentido.
Lelio De Crocci, profesor de educación física y montañista, sostiene que el ser humano tiene un instinto de exploración innato. “Para muchos, tiene que ver con la superación personal y con alcanzar cierto grado de espiritualidad, de conexión con uno mismo”, afirma.
El camino suele ser progresivo. “Lo que antes era el límite, de golpe deja de serlo. El atleta siente que cada vez puede más y aparece la sensación de autosuperación que lo impulsa hacia lo desconocido”, agrega Rodríguez.
El entrenamiento previo
La preparación física es indispensable. La médica deportóloga Alejandra Hintze destaca la importancia del “entrenamiento invisible”: descanso, alimentación y recuperación. “Para muchos, la avidez por querer competir es tan fuerte que tienen la tenacidad de ir por más”, sostiene. Además, estas personas suelen tener “una capacidad diferente de tolerar el dolor, la fatiga o la falta de aire”.
“La mente también se entrena”, dice Rodríguez. En desafíos de alta exigencia, “quien mejor llega es aquel que sabe qué hacer cuando las cosas se ponen difíciles”. La recuperación posterior también es clave: “Después de un desafío de este tipo es importante evaluar cómo quedó el cuerpo”, concluye Hintze.
1) De Los Ángeles a Las Vegas corriendo
Juan Martín Barneda (31), Franco Impieri (31) y Ariel Nahmod (30) son tres amigos de la infancia que en 2024 crearon Swag, organizando social runnings. Este año completaron corriendo los 550 kilómetros que separan Los Ángeles de Las Vegas, en la carrera The Speed Project. “Más que una carrera fue una experiencia de vida que te exige y pone a prueba tanto física como mentalmente”, comenta Barneda.
El equipo de nueve corredores se dividió en dos pelotones. “Cada grupo hacía tiradas de entre 20 y 25 kilómetros”, explica Nahmod. El recorrido incluyó semáforos, ruido, desierto, viento, calor y hasta la presencia de perros salvajes. “Tuvimos que llevar gas pimienta en la mano”, detalla Impieri.
2) Mil kilómetros en bicicleta
Ayelén Adan Tucker (34) se compró su primera bicicleta de ruta en 2021. En septiembre de 2024 completó BikingMan Brasil, una competencia de 1000 kilómetros en duplas alrededor de San Pablo, con 18.000 metros de desnivel acumulado. “Tardamos 104 horas y nos llevamos el segundo puesto”, cuenta.
El terreno fue exigente, con subidas y bajadas constantes. “Hubo momentos de enorme disfrute, cuando lográs conectar con el entorno”, dice. Pero la dificultad aparece con la fatiga acumulada y el sueño. “Tener una estrategia de carrera es fundamental”, concluye.
3) Una carrera de noche en la montaña
Valentina Dold (30) corrió en abril los 110 kilómetros del Patagonia Run, en San Martín de los Andes, con 6000 metros de altimetría. Largó un viernes a las 20 y llegó el sábado antes de las 16. “Fue una experiencia que me marcó de lleno”, asegura.
Corrió toda la noche, vio el amanecer mientras atravesaba un lago helado y se torció el tobillo en el kilómetro 80. “Mi premisa fue: ‘no me quiero romper, me quiero superar’”, dice. Para ella, estas carreras “ayudan a ver la vida en perspectiva, me humanizan”.
4) Navegar hasta el fin del mundo
Sebastián Iut (51) viajó a la Antártida en enero a bordo de su velero. Partió de Ushuaia, atravesó el pasaje de Drake y llegó a la península Antártida. “Pasar días en el medio del océano te obliga a conectar con uno mismo”, afirma.
La vuelta incluyó una noche con vientos de 47 nudos cerca del Cabo de Hornos. “Pusimos el barco a la capa durante cinco horas”, relata. “Navegar es duro, pero si estás bien preparado, no es inseguro”, concluye.
