Una investigación publicada en JAMA Network Open comparó la incidencia de hipertensión, enfermedad cardiovascular, cáncer e ictus en descendientes de personas que alcanzaron los 100 años.
Un estudio publicado en JAMA Network Open analizó la salud de los hijos de personas centenarias. La investigación comparó tres cohortes longitudinales de Estados Unidos y Reino Unido: LonGenity, New England Centenarian Study y UK Biobank. El análisis principal incluyó a 4.030 personas, de las cuales 2.319 tenían al menos un progenitor que había alcanzado los 100 años. Los investigadores evaluaron la aparición de hipertensión, enfermedad cardiovascular, cáncer e ictus, además de la mortalidad.
Hipertensión y enfermedad cardiovascular
Los resultados indicaron que los hijos de centenarios presentaron un 32% menos de riesgo relativo de desarrollar hipertensión a una misma edad en comparación con los grupos de control. La aparición de hipertensión se estimó en un promedio de 5,2 años más tarde. En cuanto a la enfermedad cardiovascular, el riesgo relativo fue un 33% menor. Sin embargo, el retraso en la aparición de esta enfermedad no fue consistente entre las tres cohortes: en UK Biobank se observó un retraso de aproximadamente seis años, pero este hallazgo no se replicó en los otros estudios.
Mortalidad
Los descendientes de centenarios mostraron un 42% menos de riesgo relativo de morir a una edad determinada durante el seguimiento. El modelo estimó un retraso promedio de 3,1 años en la mortalidad. Este dato no implica que tener un progenitor centenario añada automáticamente tres años de vida, sino que refleja una diferencia estadística entre grupos basada en curvas de supervivencia.
Cáncer e ictus
El estudio no encontró una reducción significativa en la incidencia de cáncer ni un retraso claro en su aparición entre los hijos de centenarios. En el caso del ictus, los resultados no fueron uniformes: el riesgo fue menor en las cohortes LonGenity y New England Centenarian Study, pero no en UK Biobank.
Limitaciones y alcance
Los investigadores consideraron variables como sexo y educación, y en algunas cohortes también tabaquismo y otros factores ambientales y de estilo de vida. Las estimaciones cambiaron poco tras estos ajustes, aunque algunas asociaciones perdieron significación estadística. El estudio no demuestra la existencia de un único gen de la longevidad, ya que las familias comparten genes, hábitos y entorno. Además, en dos cohortes algunos diagnósticos provinieron de información aportada por los propios participantes, y la muestra fue predominantemente blanca, lo que limita la generalización de los resultados.
