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Reeditan ‘Cuatro años en las Orcadas del Sur’, de José Manuel Moneta, a 90 años de su primera edición

El libro autobiográfico del pionero argentino en la Antártida vuelve a las librerías editado por Südpol, con un fragmento que relata su viaje y estadía en las islas Orcadas del Sur.

Noventa años después de su edición original, se reedita Cuatro años en las Orcadas del Sur (Ed. Südpol), el libro autobiográfico de José Manuel Moneta. A continuación, un fragmento de la obra.

Desde mi más tierna infancia había tenido oportunidad de estar ligado a la vida del sur y del antártico. No eran para mí un secreto los pocos difundidos relatos de las expediciones polares. Había leído algunos libros relacionados con el inolvidable salvamento de la expedición de Nordenskjöld, realizado por la corbeta Uruguay en 1903, y tenía amplios conocimientos de los resultados de las expediciones del malogrado capitán Scott y de los exploradores Amundsen, Charcot, Powell, Bruce, etc.

Siempre había abrigado la esperanza de conocer aquellas apartadas regiones de leyenda, esperanza que había hecho mella en mi imaginación cuando, a los doce años, tuve oportunidad de conocer y vivir en el extremo del continente sudamericano, en Tierra del Fuego.

En 1919 me encontraba accidentalmente en el Puerto Militar (actualmente Puerto Belgrano), y allí tuve oportunidad de ver la corbeta Uruguay, que llegaba de regreso de uno de sus anuales viajes a las islas Orcadas, y la vista de ese veterano buque renovó en mi mente la idea de un viaje al sur, y me hice allí firme propósito de dedicarme por entero a conseguirlo.

Cuando regresé a Buenos Aires, pude ingresar en la oficina meteorológica argentina, que entonces dirigía Jorge O. Wiggin, quien tomó con mucho escepticismo mi solicitud de ser incluido en una expedición a las Orcadas. Trabajo me costó convencerlo de que accediera a mi deseo, pero no inútilmente había esperado cerca de cuatro años, en los que adquirí la experiencia suficiente como observador meteorológico.

Finalmente, en las postrimerías de 1922, fui notificado de mi inclusión en la expedición que dirigía en 1923 Hugo Valentiner, jefe veterano, y que por cuarta vez iría a las Orcadas acompañado por Ernesto Bruhns, alemán, como segundo jefe, Roberto Plagge, de la misma nacionalidad que el anterior, y el cocinero Otto Zeiger, también alemán. Los tres primeros pertenecían al observatorio de La Quiaca, y a ninguno de estos conocía, y mi entusiasmo era tal que no me amilanaba el hecho de que tuviera que vivir un largo año entre hombres que hablaban un idioma desconocido.

Solo pocos días antes de la fecha fijada para la partida pude conocer a mis compañeros, pero el detalle de que el jefe fuera un veterano con tres expediciones en su haber, aumentaba la confianza que yo mismo me tenía.

Constituida la expedición en esa forma, un día nos efectuaron un minucioso reconocimiento médico. Ninguno de nosotros se encontraba inhabilitado para afrontar los rigores del Antártico. Buen corazón, sanos pulmones y ni el más remoto vestigio de afecciones incurables, contribuyeron a aumentar el optimismo de todos. No obstante las buenas condiciones físicas en que me hallaba, no podía dejar de pensar en los riesgos que corría en mi aventura, pues si bien es cierto que no padecía de ninguna afección, podía contraerla en el desierto de hielo, y lo que es más grave aún, podía ser allá víctima de algún accidente. Continuamente mi imaginación volaba a las cuatro cruces de madera que por fotografías había visto en el cementerio de las Orcadas.

Pero, así y todo, mi disposición de correr la aventura era irreductible.

A pesar de esto, existía un detalle que me costó muchas cavilaciones. Cuando se tienen veinte años, aun el más aventurero se acuerda de su madre. Y éste era el detalle que por momentos velaba mi alegría. Tenía que solucionarlo para poder partir con tranquilidad.

La expedición estaba formada; el buque en el puerto, cargando las provisiones y materiales. Pero mis padres ignoraban, mientras tanto, la decisión que había tomado.

Y un día no pude tolerar más esta incertidumbre y recurrí al consejo del que fue amigo de toda mi vida: mi padre. Recuerdo que al expresarle mi resolución me miró con sorpresa; luego meditó profundamente y me dijo:

—Mi deber de padre me obliga a decirte que desistas de tu viaje, pero como hombre y amigo, te aconsejo que vayas…

—Estoy completamente dispuesto y listo —respondí.

—Bien, puedes hacer tu gusto, pero… ¿has pensado en tu madre?

—Sí, y es precisamente el asunto más grave de todos los que tengo que resolver.

Vino a mi memoria un antecedente similar en algo al que a mí se me presentaba. Conocía la historia de aquel valiente muchacho extranjero que vino al país a probar fortuna, dejando allá en su pueblecito natal, a su madre, a quien mantenía con sus ahorros. Se alistó también en una expedición polar, pero antes de partir dejó a un fiel amigo doce cartas para que éste se las enviara mensualmente a su querida madre, haciéndole creer con ello que trabajaba en seguro lugar y no corría los riesgos de tan grande aventura. Este expedicionario no regresó jamás, quedó allá envuelto en el blanco sudario de las nieves eternas, pero durante varios meses después de su heroico fin, su madre, allá lejos, en el otro extremo del mundo, recibía periódicamente las cartas del hijo que ya no existía.

Con el optimismo de que hacía gala, no podía creer que una cruz en la nieve marcara mi paso por las Orcadas, pero tenía en cuenta todas estas cosas que constituían el escaso caudal de conocimientos de la vida en aquellas apartadas regiones.

Con la aprobación de mi padre, no pude menos que confesarle a mi querida madre la aventura en que me embarcaba, pero a fin de llevar un lenitivo a su natural pena, le dije que solamente me ausentaba al observatorio de la isla de Año Nuevo, en el extremo este de la Tierra del Fuego y adonde ella, por su experiencia, sabía que podría enviarme correspondencia mensualmente.

Después vino el día fijado para la partida. Con todo el valor que pude llamar en mi auxilio aquella vez, no quise que nadie fuera al buque a despedirme, y una mañana me reuní con mis compañeros sobre la cubierta del trasporte de la armada Guardia Nacional, que nos conduciría hasta Georgia del Sur, en donde trasbordaríamos a un buque ballenero.

Había mucha gente sobre cubierta. Varias órdenes. Después soltamos amarras y el buque, alejándose del puerto de Buenos Aires, enfiló su proa hacia el sur. Busqué un rincón solitario sobre la cubierta y allí me detuve para despedirme con la vista y con mi imaginación de todo lo que dejaba y que era tan mío.

Estaba solo, completamente solo. Pasaron minutos, horas, y poco a poco, veía esfumarse como una ilusión, allá lejos, en el horizonte, el perfil de nuestra gran ciudad.

¡Viajaba al sur, al Antártico!

El equipo

A cada uno de los expedicionarios se nos entregó un buen equipo de ropa, compuesto de las siguientes prendas: cuatro juegos de ropa interior de lana, muy abrigada; doce pares de medias de lana, especiales; un par de botines con suela de dos centímetros de espesor; un par de botines para esquí; un par de botas; dos pantalones de abrigo; un saco tipo piloto; un saco de cuero; tres pasamontañas de abrigo; un gorro de piel; un traje de tela impermeable; diez pares de guantes; tres pares de mitones; tres tricotas de lana; dos juegos de sábanas; un colchón de lana; una almohada y correspondientes fundas.

Antiguamente, la mayoría de estas prendas eran adquiridas en casas europeas especializadas en equipos de esta naturaleza, y los artículos provistos resultaban de gran eficiencia. A partir de 1926, su adquisición se hace en diversas tiendas de Buenos Aires.

Las provisiones de boca tienen preferente lugar y ocupan un buen volumen de cuanto artículo alimenticio es susceptible de presentarse en forma de conserva. La harina, azúcar, fideos, café, etcétera, se envasan en latas herméticamente cerradas, para que la acción del tiempo y del clima no pueda dañarlos. La despensa o almacén de las Orcadas es completísima; no faltan ni los menores detalles, como esencias para la confección de postres, o polvos especiales que en determinado momento substituyen hasta a los huevos de gallina. Existen allí grandes cantidades de verduras conservadas al natural y secas, frutas, una respetable cantidad de botellas de jugo de limas para prevenir los posibles efectos del escorbuto; carne conservada; cuatrocientos kilos de papas frescas, cuya duración llega hasta las postrimerías del año; otro tanto de cebollas, frutas secas, quesos de varias clases, cacao, chocolate, café, té, harina de diversas clases, fideos, arroz, etcétera, y aunque parezca extraordinario, también llegará a las Orcadas el clásico y sencillo puchero criollo, pero esta vez, encerrado en una modesta lata de conservas.

Mis compañeros me informan sobre el problema del pan fresco, pero en la larga lista de provisiones he visto la gran cantidad de harina que llevamos, y fácil me es deducir que con un poco de habilidad, el cocinero puede estar en condiciones de proveernos de pan fresco de diversas clases cada vez que sea necesario.

Recorro las listas y también compruebo con gran asombro que no llevamos bebidas fuertes en cantidad, pues únicamente se nos ha provisto de un cajón de whisky y otro de coñac, y mis compañeros me dicen que esta provisión oficial, repartida proporcionalmente entre los cinco expedicionarios, ¡alcanza para una copita de whisky o de coñac, por hombre y por semana! Esto no es impedimento para que cada uno de nosotros se haya provisto de su botella de champaña para festejar su cumpleaños u otra fecha.

En las bodegas del Guardia Nacional viajan treinta toneladas de carbón de piedra, destinado al consumo de nuestras estufas y cocina. También se agrega una respetable partida de cajones de kerosene para el alumbrado, cajas con instrumentos científicos, botiquín, elementos diversos, nuevos trineos adquiridos en Noruega, algunos pares de esquíes, etcétera.

A todo esto, agréguese el equipaje personal de cada uno. Generalmente el vestuario oficial se complementa con algunas prendas de uso personal; todo aquello que no tiene ninguna utilidad en el mundo civilizado puede tenerla en las Orcadas, si se lo lleva. Los previsores o los experimentados insinúan a los nuevos expedicionarios no olvidar detalles como las agujas e hilo de coser, y hasta la lana para zurcir las medias. Hay que tener en cuenta el jabón, la brocha y la máquina de afeitar, el peine y cepillo para la cabeza, pasta dentífrica, etcétera.

Hasta entonces no fumaba, o por lo menos, podía vivir sin sentir la imperiosa necesidad del sabor a tabaco. Antes de partir, el jefe me inquirió sobre esto, y como le manifestara que a ese detalle no le daba ninguna importancia, aun así, me obligó también a llevar mi parte de tabaco para pipas y cigarrillos. No sé si debo agradecerle su previsión, pero una vez allá, sentí la necesidad de fumar, y ya no pude dejar más esta costumbre.

Íbamos bien provistos; teníamos alimentos suficientes para consumir metódicamente; buena ropa, buen espíritu y buen humor, e inmejorable disposición de ánimo. Pero todo esto es insuficiente para pasar un interminable año en Orcadas. Faltaba lo que encontró mi buen amigo y compañero Miguel Ángel Jaramillo, segundo jefe de la expedición que comandé en 1927, y quien tuvo el siguiente feliz pensamiento: “Para vivir bien en Orcadas, encerrado entre el hielo, se necesitan solamente dos cosas: un buen equipo de ropa y una buena dosis de filosofía…”.

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