La Comisión de Patrimonio Cultural Arquidiocesano informó que realizará tareas de puesta en valor en el templo de 150 años, que presenta filtraciones, grietas y deterioro estructural. El alcance y el presupuesto se definirán en los próximos días.
El Arzobispado de Buenos Aires anunció una serie de obras de puesta en valor en la iglesia Santa Felicitas, en el barrio de Barracas, un templo que cumplió 150 años y presenta problemas edilicios desde hace décadas, entre ellos cableado eléctrico precario, filtraciones, grietas y una capilla lindera con riesgo de derrumbe.
“Vamos a analizar si existen cuestiones de seguridad o riesgos inminentes. Trataremos de realizar apuntalamientos, reconstrucciones parciales y retirar intervenciones inadecuadas”, declaró a LA NACION Vanesa Pedreira, integrante de la Comisión de Patrimonio Cultural Arquidiocesano.
El organismo se reunió el viernes 23 con el rector de Santa Felicitas, Carlos Peteira, quien había señalado la situación del templo, sostenido principalmente con la colaboración de feligreses de la zona sur de la ciudad.
El encuentro se produjo en medio de los preparativos de la Curia porteña para la visita del papa León XIV a Buenos Aires. Según la agenda oficial, el Pontífice solo visitará la Catedral Metropolitana. Consultada sobre si la respuesta al reclamo está vinculada con esa visita, Pedreira respondió: “Hace años que acompañamos el mecenazgo que realizan los párrocos y analizamos tanto la factibilidad jurídica como las buenas prácticas de conservación. Cuando recibimos señales de alarma, estamos siempre a disposición para encontrar soluciones en conjunto”.
Respecto del presupuesto, explicó: “En los próximos días recorreremos el edificio junto con el padre y los especialistas para analizar in situ cuál es su estado y, a partir de ahí, determinar los montos necesarios para la restauración”.
Pedreira indicó que quienes deseen colaborar pueden hacerlo a través del responsable del templo y que todo aporte se destina a Santa Felicitas. Sobre el régimen de Mecenazgo, agregó: “Vamos a apoyar la preparación de los proyectos e intervenir anticipadamente en la adjudicación de presupuestos”. Se trata de un programa de financiamiento porteño que permite concretar iniciativas culturales mediante aportes privados. La convocatoria para 2027 aún no fue abierta, aunque habitualmente la documentación se presenta en marzo.
La iglesia fue inaugurada el 30 de enero de 1876, después del asesinato de Felicitas Guerrero de Álzaga, en cuyo honor fue construida. Diseñada por el arquitecto argentino-alemán Ernesto Bunge, es considerada uno de los tesoros patrimoniales de la ciudad y recibe visitantes atraídos por la leyenda sobre la aparición del fantasma de la mujer, asesinada por un pretendiente despechado.
El edificio fue iniciativa de sus padres, Carlos Guerrero y Felicitas Cueto y Montes de Oca, quienes decidieron homenajearla tras su muerte en la antigua Quinta de los Guerrero, donde hoy se encuentran la Plaza Colombia y el complejo situado en Isabel la Católica 520, esquina Pinzón.
La iglesia alberga objetos de valor histórico, artístico y arquitectónico y conserva numerosos elementos originales de fines del siglo XIX. Se destacan las esculturas de mármol de Carrara. Es la única iglesia porteña que contiene estatuas de laicos, entre ellas representaciones de los Guerrero y una imagen de Álzaga, su primer marido, de quien heredó una importante fortuna.
La construcción lindera, el Oratorio de los Álzaga, también posee valor patrimonial, aunque, según Peteira, “ha sufrido graves deterioros históricos, grietas y abandono estructural”.
Con el paso de los años, los descendientes donaron el templo a la entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires y, más tarde, una ley porteña cedió gratuitamente su uso al Arzobispado.
La reunión entre Peteira y las autoridades religiosas ocurrió después de que un familiar de los Guerrero publicara una nota en LA NACION en la que advertía sobre el deterioro de la iglesia y reclamaba una pronta recuperación.
“Agradecemos al Arzobispado el anuncio del inicio de las obras de restauración en Santa Felicitas, algo que considerábamos urgente”, afirmó Marcelo J. Louge Juárez al conocer el resultado de la reunión. Su esposa, Margarita Bengolea Guerrero de Louge, es sobrina bisnieta de Felicitas y tataranieta de Carlos Guerrero y Felicitas Cueto y Montes de Oca.
“Dos papas estuvieron en Santa Felicitas antes de ser elegidos: Eugenio Pacelli, luego Pío XII, y el cardenal Bergoglio, luego Francisco. Ahora que viene Su Santidad León XIV, sería bueno iniciar la recuperación del templo”, planteó en una carta. “Da pena ver el estado en el que está. Ni siquiera está iluminado por la noche; parece una boca de lobo”, agregó en una entrevista con LA NACION, donde también propuso incorporar una persona dedicada específicamente a la búsqueda de donaciones.
Felicitas no tuvo descendientes directos, pero sí sobrinos bisnietos. Según el matrimonio, son casi un centenar distribuidos en diez ramas familiares. Louge contó que desde hace más de una década realiza gestiones junto con su esposa ante distintas autoridades. “Decían que lo iban a hacer y nunca hicieron nada. Solo las embajadas de Alemania y del Reino Unido se ocuparon de reparar algunos objetos puntuales”, afirmó.
Su reclamo coincide con lo ocurrido en 2019, cuando se anunció una inversión de $15.000.000 para iniciar la puesta en valor que, según el propio Peteira, nunca se concretó. “Los pequeños arreglos los fuimos haciendo nosotros, todo a pulmón”, aseguró.
Por la mañana Peteira se desempeña como capellán del Hospital Elizalde y por la tarde se ocupa del templo. “Hasta barro la vereda”, dijo mientras señalaba cómo la humedad deterioró uno de los vitrales de un salón situado en la parte posterior del edificio. Forma parte de un conjunto de casi 30 vitrales fabricados en un taller de Burdeos, Francia.
También destacó el apoyo y asesoramiento de la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y de Bienes Históricos, cuyos especialistas relevaron los daños y establecieron prioridades de intervención. El edificio es Monumento Histórico Nacional. Aclaró, sin embargo, que ese organismo no tiene entre sus funciones aportar financiamiento.
Sobre el futuro de la iglesia, aseguró: “No queremos que sea parroquia, porque no tiene vida parroquial”. Santa Felicitas depende de Santa Lucía, situada a pocas cuadras, que cuenta con catequesis, grupos pastorales y cuatro sacerdotes. “Nuestro templo tiene más valor como patrimonio histórico, para conciertos y otras actividades. Tiene otro uso y otra identidad”, explicó al ser consultado sobre la propuesta de Louge de convertirla en parroquia para incrementar su actividad religiosa.
La principal tarea de Peteira está vinculada con el hospital, por lo que la iglesia abre de jueves a sábado por la tarde y los domingos por la mañana. “No puedo dejarla abierta. Hay objetos muy valiosos y obras de arte. La propia comunidad tiene que colaborar en la custodia para evitar robos”, explicó. También aclaró que las visitas guiadas “no tienen fines comerciales”. Quienes concurren realizan colaboraciones voluntarias. En cambio, las agencias que recorren los túneles y sectores posteriores del colegio recaudan por su cuenta y dejan un aporte mínimo, que suele destinarse a gastos de limpieza.
Como contraste, mencionó el caso de Santa Lucía, que avanza con la restauración de su cúpula gracias a donaciones privadas.
Mientras se define el alcance de las obras en Santa Felicitas, quienes quieran colaborar pueden contactarse con Peteira a través del correo electrónico [email protected].
