Un recorrido por la infancia en un pueblo de la pampa gringa revela la presencia de instituciones públicas en la vida diaria.
Los días de la infancia han inspirado canciones, poemas y relatos. En este caso, el autor evoca su niñez y adolescencia en un pueblo convertido en ciudad a fines de los años cincuenta, en el corazón de la pampa gringa, para describir el papel de las instituciones estatales en la vida cotidiana.
En ese pueblo había tres escuelas: dos nacionales y una provincial. Los chicos asistían con guardapolvos blancos, zapatos lustrados y portafolio marrón. Las clases eran de lunes a viernes, pero los estudiantes permanecían en la escuela todos los días, aprendiendo y jugando.
Las escuelas contaban con un director y maestras que podían ser severas o cariñosas, pero que en todos los casos resultaban inolvidables. Durante el verano, los niños iban a la pileta del club, se bañaban en arroyos y jugaban en la calle al anochecer, iluminados por faroles, con la presencia discreta de una policía cuyos integrantes eran vecinos del pueblo.
La atención médica estaba a cargo de enfermeras y de dos o tres médicos del hospital público. El autor señala que, aunque no recuerda haber oído la palabra “solidaridad”, ese valor se ejercía de manera silenciosa.
El pueblo se caracterizaba por una cultura del trabajo con cierto rigor. Los tamberos y chacareros fundaron SanCor, y los vecinos abrieron fábricas de cosechadoras. A una de ellas la recuerda porque a la una de la tarde sonaba su sirena y los trabajadores salían montados en bicicletas con overoles azules.
Por las calles desfilaban carros, camionetas y sulkys provenientes de tambos y chacras. En la plaza se levantaban la municipalidad, la iglesia y los edificios del Banco Nación y del Banco Provincia. El empleado de banco era un candidato deseado para las madres, y el gerente era referencia para los propietarios en consejos y líneas de crédito.
El pueblo se comunicaba con el país gracias al ferrocarril, que pasaba diariamente con destino a Tucumán. El recorrido del ferrocarril Mitre superaba los mil kilómetros. El autor afirma que la red ferroviaria argentina era la más importante de América latina y que con los trenes llegaban viajeros, diarios y revistas.
El Correo Argentino y sus carteros repartían cartas, telegramas y encomiendas casa por casa.
El autor enumera las instituciones presentes: escuela, hospital, policía, correo, bancos y estación de trenes. Sostiene que el Estado estaba presente con discreción en los actos cotidianos, sin confiscar, castigar, corromper ni oprimir. Describe al Estado como garante de la propiedad y de los valores que dan significado a la vida.
En el pueblo había diversidad social: ricos, clase media y pobres, pero no indigentes. No había hambre ni viviendas miserables. El autor concluye que la historia de ese pueblo puede ser la historia del ejercicio de virtudes y valores que un país debe esforzarse por hacer realidad para que “libertad” y “justicia” puedan conjugarse en similares tiempos verbales.
