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De chicos veíamos películas estadounidenses sabiendo que, tarde o temprano, llegaría la típica americanada: un tiroteo descomunal, una persecución interminable, una resurrección milagrosa. Cosas inverosímiles, de mal gusto para nuestro gusto. Para nosotros, hijos del Viejo Continente, era el lado tosco e inculto del Nuevo. ¿Cómo diablos se vestían los turistas yankees? ¡Ponían ketchup en los tallarines! ¡Qué vulgar alarde de riqueza! Éramos snobs. Nos burlábamos, pero en el fondo los admirábamos. Les debíamos la libertad. ¡Ojalá hubiéramos tenido instituciones tan sólidas y costumbres tan tolerantes! Esos grandullones desgarbados producían e inventaban, respetaban la legalidad y reconocían el talento. Ellos eran el futuro, nosotros el pasado.

Con el tiempo, la brecha cultural se redujo. Europa se americanizó un poco, y un poco se europeizó Estados Unidos. Para bien: intercambiamos vino y jazz, basket y fútbol, arte y técnica, belleza y utilidad. Y para mal: elitismos y fast food, modismos y violencia, hipocresías y xenofobias. Nació así, por sobre el Atlántico, el Occidente moderno: fe y razón, democracia y libertad, mercado y solidaridad. Hasta Donald Trump.

Trump es una fábrica de americanadas: se autotitula un museo, firma billetes, levanta arcos de triunfo. Para los europeos es un bravucón desgarbado. Quienes lo desprecian se indignan, quienes le creyeron se sonrojan. Tiene un complejo con Europa. Y ese complejo lo perturba: los gobernantes europeos, se quejó, consideran inapropiado hablar de dinero. “Yo no sé hablar de otra cosa”. ¿Cuánto sale Groenlandia? ¿Y el Coliseo? Detesta a Europa y Europa lo detesta. El Atlántico se ensancha, Occidente se desvanece.

Las americanadas de Trump no son los pueriles excesos de un país joven y tosco, brutos pero inofensivos. Son los delirios místicos de una potencia envejecida y asustada, los desvaríos de un líder mesiánico y resentido. Busca el dominio y desdeña el consenso: se le escapa que el abuso de la fuerza es señal de debilidad. A la historia, tan incierta, le opone la profecía, tan tranquilizadora: ¡ay de quien lo obstaculice! ¿El Congreso? Un estorbo. ¿La Corte? Sospechosa. ¿La prensa? Criminal. ¿Los aliados? Súbditos o traidores. ¿Los críticos? El anticristo. ¡Qué barbaridad! ¡Y qué involución!

El liberalismo es poder limitado. Nadie lo enseñó mejor que los Padres Fundadores de los Estados Unidos. La pretensión de ejercerlo sin límites es todo lo contrario. Trump amenaza con convertir a la potencia más liberal en una potencia iliberal. Iliberal y decadente. Las potencias declinan cuando reniegan de los valores que las hicieron tales. La única civilización que Trump realmente corre el riesgo de arrasar, entonces, es la nuestra.

Con Trump, los humoristas están en su salsa: de todos los aspirantes a Cristo que salpican la historia del mundo cristiano, es el más inverosímil. Más que blasfemo, suena ridículo. Y ridículos los jinetes del Apocalipsis con los que gobierna, más obedientes que competentes, todos novatos sedientos de guerras santas. ¿Qué saben de la complejidad del mundo? ¿De los laberintos de la historia? Nada, por lo que vemos. Pero cuidado. Lo que a unos nos escandaliza, a otros los ilusiona. Si no fuera así, Trump no estaría donde está, elegido y reelegido.

Nada nuevo: antiguas o modernas, todas las civilizaciones añoran, en tiempos de crisis, una edad de oro perdida; todas se entregan a quien promete conducir al “pueblo puro” hacia el destino manifiesto. Y el destino manifiesto estadounidense siempre ha sido una escatología religiosa. Al evocarla, Trump interpreta un papel antiguo en una obra de éxito seguro: la historia del pueblo elegido en camino hacia la salvación. No es casualidad que en Washington se hable tanto de Dios. Siempre funciona. Pero no dura: no hay utopía providencialista capaz de resistir el desgaste de la historia, no hay profeta capaz de conservar el aura sagrada al ejercer el gobierno. La de Trump ya se está desmoronando.

Justo donde la política se cruza con la religión es donde más se ve amenazado el frágil equilibrio entre el Occidente europeo y el Occidente americano. Es aquí donde la brecha cultural corre el riesgo de convertirse en incomunicabilidad. O en confrontación. “América religiosa, Europa laica”, se titulaba un estudio sobre la relación entre fe y política en ambas. Así como la base del trumpismo encuentra indigesta la laicidad europea, a la laicidad europea no le sienta bien el fundamentalismo religioso que impregna la política estadounidense. Los europeos también son, en su mayoría, creyentes. Entre ellos también hay pulsiones integristas. Pero hacer política sobre la base de consignas religiosas suele ser un boomerang en Europa. La derrota de la cruzada de Trump y Putin en Budapest nos lo acaba de recordar. Inmunizados por siglos de cruentas disputas, Europa ha aprendido las virtudes de mantener una prudente distancia entre Mundo y Espíritu. Estados Unidos juega con fuego: se está gestando en ellos una religión.

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